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shkspr_tatooLa pregunta que abre esta pequeña columna de opinión es obviamente retórica. Nadie puede saber si William Shakespeare, El Bardo, habría o no ganado un galardón que fue creado tres siglos después de su muerte, en un mundo completamente diferente al suyo. Preguntárselo supone un juego extemporáneo. Sin embargo, el reciente revuelo causado por la concesión del Premio Nobel de Literatura al trovador americano Bob Dylan induce a reflexionar sobre las fronteras de los géneros, el “mérito” en las artes y el concepto de literatura en sí mismo.

Al fin y al cabo, las mismas razones que muchos esgrimen para negar a Dylan la posibilidad de merecer un Nobel de Literatura podrían aplicarse, sin demasiadas modificaciones, a la obra de William Shakespeare.

Veamos los principales argumentos que se están leyendo en las redes.

 

“Un músico no es un escritor”

Bob Dylan es un polímata. Eso que la prensa suele llamar “un hombre del Renacimiento”, como si en otras épocas de la Historia no hubiese existido gente que trabajaba en diferentes campos del saber. El ejemplo más popular de este tipo de creador polifacético es Leonardo da Vinci y se diría que toda la humanidad lo ovaciona, con gran consenso, por haber sido un genio en tantos campos diferentes.

(La realidad es que, en muchos campos, Leonardo era, para entendernos, un mero aficionado: no hizo avances científicos dignos de mérito; sus aparatos, por originales que fuesen, eran más imaginativos que viables; y en muchos géneros, como la música o la literatura, sus obras son mediocres o irrelevantes).

Curiosamente, esa versatilidad que tanto ha servido para idolatrar a gente como da Vinci ha sido el argumento central contra Dylan. “Es un músico, no un escritor” han sentenciado miles de personas, como si a la hora de ser premiado, un ser humano debiese escoger una sola categoría para etiquetarse. El arte al que se dedica Dylan implica ser músico y escritor. Ambas cosas. De igual manera que Leibniz era matemático y filósofo, de forma que en su obra ambas disciplinas se tocan.

¿Seríamos capaces de ponernos tan estrictos y negar un Nobel de Matemáticas imaginario a Leibniz o Descartes aduciendo que ellos “son filósofos, no científicos”? ¿Vamos a devaluar a Galileo porque hacía música y poesía?

¿Rechazaríamos premiar a Newton por sus muchos logros científicos considerando que la ciencia era, en realidad, una ocupación menor en su vida, ya que la inmensa mayoría de su obra intelectual versa sobre teología?

Con el premio a Dylan parece que mucha gente ha sacado el rotulador grueso para dibujar fronteras entre disciplinas, algo que no concuerda con el espíritu de los Nobel. Pensemos que muchos de los galardonados en categorías científicas no son tampoco fáciles de encajar en una de ellas solamente: hay Nobel de Matemáticas cuyos logros son también notables desde el punto de vista de la Física. ¿Qué Nobel le habríamos dado a Newton de haberlo podido ganar?

Considerando esto: ¿era William Shakespeare un escritor?

Si le aplicásemos tan encorsetada definición como algunos parecen manejar estos días, es difícil considerarle como tal. Shakespeare era actor y productor de teatro. Ese era su oficio, no se ganaba la vida escribiendo, sino que escribía porque era necesario para ganarse la vida: tenía que redactar las obras que luego representaba y explotaba económicamente. La escribía él mismo porque se le daba bien y, así, ofrecía obras nuevas, diferentes a las de otros teatros de la competencia. Se dedicaba a hacer teatro y cobrar por ello, no a la “literatura” como nosotros la entendemos normalmente.

 

“Ese señor no escribe libros”

No seré yo, precisamente, quien desdeñe el amor por el libro. Pero, por mucha pasión que este maravilloso objeto nos pueda despertar, no nos ceguemos: el libro no es parte necesaria de la literatura. Hay mucha gran literatura que no se pensó jamás para los libros. Y hay muchísimos libros a los que sería atrevido denominar como “literatura”.

Para empezar, durante la mayor parte de la Historia de la Literatura el libro no había sido inventado. El soporte escrito era, simplemente, un medio: la forma de poder preservar las creaciones literarias. Pero esas creaciones eran orales, se transmitían de palabra y se disfrutaban recitadas, escenificadas o cantadas. La Ilíada, la Odisea, el Cantar de los nibelungos… La cantidad de obras maestras de la literatura que se concibieron para ser cantadas es tan grande que negar a la letra musicada la consideración de “literatura” equivale a dinamitar los cimientos de las letras universales.

El amor por el “soporte libro” no se sostiene si echamos la mirada atrás. Si hoy conocemos muchas de las obras de Shakespeare se debe a que dos amigos suyos decidieron, siete años después de su muerte, publicar un gran libro donde se reunían. Ellos debieron pensar que era un negocio interesante a tener en cuenta, pero Shakespeare no lo debió ver así en vida, ya que la mayoría de sus obras jamás fueron publicadas por él. Otras muchas de sus representaciones teatrales fueron pasadas al papel a partir de lo que los espectadores recordaban haber visto, no de lo que Shakespeare había realmente escrito.

No nos engañemos. Shakespeare tampoco escribía libros.

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“Otros escritores ‘de verdad’ lo merecen más”

¿Quiénes son escritores “de verdad” y quiénes no?

Si en su día le hubiesen dado el Nobel a Saint-Exupéry, celebérrimo en todo el orbe por haber escrito El Principito, ¿alguien habría discutido tal premio porque su autor hubiese sido anteriormente director de una empresa de correo en Argentina y escribir fuese un simple pasatiempo para él? Quizás entonces sí se lo habrían discutido, pero sin duda nadie lo haría hoy con ese argumento, porque, pasado el tiempo, el peso y fama de su libro dan sombra a toda su figura personal. Como el Nobel sólo premia a gente viva (algo, por otra parte, muy valiente y arriesgado), los fallos de la Academia Sueca buscan trascender al escritor más allá de su presente. Y por tanto, son perfectos para crear polémicas.

¿Vamos a borrar de los manuales de literatura española del Renacimiento a Juan del Encina por haber cometido la osadía de componer música para sus magníficos versos? ¿Si se hubiese limitado a escribir poemas sería “escritor” pero al haberles puesto también música deja de serlo? ¿Al ser hoy más recordado por su música que por su teatro vamos a dejar de considerarle un literato?

Si preguntásemos a un inglés culto de principios del siglo XVII por los mejores “escritores” de su país es poco probable que nadie mencionase a Shakespeare. En su momento, se le veía como autor de obras de éxito, pero las Letras, con mayúscula, eran otra cosa y las hacía gente “más seria”, que dedicaba sus desvelos a escribir, fundamentalmente, sobre teología o moral. Escribir teatro, a principios del siglo XVII, no era una actividad vista precisamente como digna de un intelectual. Un hijo de la farándula como William seguramente tampoco sería considerado como merecedor de un prestigioso premio literario en su tiempo.

 

No tiene calidad para ganar

Este podría ser, a mi juicio, el más legítimo de los debates. Siempre se puede discutir la calidad de un artista o literato y, además, suele ser una actividad muy provechosa. El problema a la hora de discutir la calidad de Dylan es que, en realidad, quienes critican su elección no lo están haciendo. ¿Vamos a compararle con otros maestros de su mismo género o vamos a confrontarlo con escritores de otros géneros? Porque, entre los autores de letras de canciones en lengua inglesa, no parece que haya mucha competencia a su nivel. Pero si le queremos medir con Milton y Chaucer estaremos haciendo trampas.

¿Quién era mejor escritor, Lope o Quevedo? Difícil decirlo cuando a uno se le acredita especialmente como dramaturgo y al otro como poeta. Suponiendo que se pueda medir la calidad literaria (cosa muy difícil), desde luego es imposible comparar la calidad de un soneto con la de una comedia en tres actos, de igual manera que no se puede decir si una escultura de Gregorio Fernández es “mejor” o “peor” que un cuadro de Rembrandt.

Además, la calidad es un concepto históricamente relativo. Se tiende a juzgar según los estándares del momento. Hoy juzgamos a Shakespeare como el mayor literato en lengua inglesa, un título que, siendo merecido, no deja de tener bastante de pose y un toque de exageración. Pero cuando El Bardo estaba vivo y ofrecía sus obras en Londres la mayoría de los “críticos” del momento lo consideraban un “arribista” que sólo buscaba el aplauso fácil del público con textos vulgares y efectistas. Así de crudo. Si alguien con visión de futuro y amplitud de miras le hubiese dado un premio a Shakespeare por su calidad literaria es fácil esperar que muchos “hombres cultos” de su tiempo habrían reaccionado con estupor y enfado.

 

“Se lo han dado porque es famoso”

Este razonamiento, particularmente repetido, resulta singularmente nocivo. Pareciera que para ser un buen escritor (o artista) hay que ser un incomprendido social esquivado por el éxito. Y mucho mejor si sólo te conocen cuatro. Estos clichés románticos han hecho mucho daño, pero no son necesariamente correctos.

Pongamos mucha imaginación. Evoquemos este hipotético premio:

  • El Nobel de Escultura de 1675 es para Gian Lorenzo Bernini
  • ¡Tongo! ¡Sólo se lo dan porque es famoso!
  • ¡Ese tipo está forrado! ¡Es el enchufado de los Papas!

De haber ocurrido, quizás no habría sido muy diferente.

William Shakespeare también era muy famoso en su tiempo. Sobre todo, tuvo un éxito comercial muy considerable para su época, que sería el equivalente hoy a vender muchos discos. Tenía tanto dinero que, al morir, se desembolsó una gran suma para que fuese enterrado en el presbiterio de la iglesia de la Trinidad en Stratford. No se le rindieron honores por ser un prestigioso dramaturgo: se le rindieron por tener dinero y propiedades. Sus obras gustaban, pero del mismo modo que hoy puede gustar el deporte: no era considerado “alta cultura”.

 

Y además… 

Reflexionemos un instante sobre la transmisión del arte.

Pocos se atreverían a discutir que Johann Sebastian Bach es uno de los más grandes compositores de la Historia de la Música. Sin embargo, buena parte de las obras que conocemos de Bach no fueron “compuestas” por él, si entendemos “componer” como sentarse ante un papel y, de manera puramente intelectual, crear música a partir de un proceso totalmente cerebral. Bach no trabajaba así: buena parte de las obras suyas que conservamos son versiones en papel de improvisaciones que él realizaba al teclado. Su hijo y sus alumnos, a veces de memoria (que esa es otra), copiaron muchas de las improvisaciones del maestro para evitar que se perdiesen.

Así que hoy en día hay gente que fibrila escuchando un preludio de Bach para órgano que, en realidad, es una versión de lo que pudo recordar su hijo de una improvisación que su padre había hecho días antes en el órgano de la iglesia de Santo Tomás. Quizás, si le pudiésemos enseñar esa partitura al propio Johann Sebastian, nos diría: “no, hombre, no, yo ahí no toqué Fa menor…”.

¿Esto reduce la calidad artística de la música de Bach? Ni un ápice.

¿Deja Bach de ser “compositor” porque buena parte de su creación era improvisada? De ninguna de las maneras.

Una partitura es el soporte necesario. Un mal menor para poder conservar la música a lo largo del tiempo. La finalidad de un compositor es crear música, no escribir partituras. Igualmente, la finalidad de un literato es crear con la palabra, y no debería juzgarse según el canal de transmisión de esa palabra, sea una grabación sonora, una canción o un panfleto.

Como ya se ha dicho, la mayoría de obras de Shakespeare las conocemos gracias a una edición que hicieron dos conocidos suyos tras su muerte. El maestro no corrigió ni pudo contrastar esa edición, que debió hacerse a partir de papeles y guiones teatrales viejos. Sabemos que esa edición está llena de errores. Incluso se considera poco probable que muchas de esas obras fuesen tal como aparecen en ese libro: por ejemplo, la legendaria Macbeth, obra de la cual sólo conocemos esa versión, tiene una estructura muy extraña que da que pensar que faltan partes del texto. Los amigos de Shakespeare seguramente no pudieron recuperar la pieza entera para incluirla en el libro e imprimieron lo que tenían, aunque claramente varias escenas no tengan sentido porque les “faltan cosas”. Sin embargo, se considera que esa pieza es una obra maestra de la literatura universal, a pesar de que podemos estar seguros de que no la conocemos como su autor la pensó.

 

¿Habría merecido Shakespeare el Nobel de Literatura?

¿Seguro?

 

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Adenda

Mi opinión particular, por si no se lee entre líneas con claridad, es que Bob Dylan es un admisible candidato al Premio Nobel de Literatura en la medida en que sus textos son, sin posible lugar a dudas, literatura.

La literatura es el arte de expresar a través del lenguaje humano. No existe ni una sola definición de “literatura” (de las muchas que se han propuesto) que excluya las letras de las canciones ni los textos creados para obras musicales. El hecho de que el autor de esos textos sea capaz, además, de ponerles música no debería verse como un demérito, siendo todo lo contrario.

Cualquier objeción relativa a que Dylan no escribe “literatura” peca de falta de perspectiva histórica sobre la literatura como género y de la música como soporte principal de la literatura durante siglos, particularmente de la poesía.

Bod Dylan es un literato. Que además es músico y usa esa habilidad para poner música a sus propios textos. Como lo era Juan del Encina. Como lo fue Boris Vian. ¿Debería cualquiera de ellos haber renunciado a componer música para ser más respetado como literato?


Tatuaje de Shakespeare: http://stewartrobson.com