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El año 2015 ha empezado en el terreno “cultural” con la emocionante búsqueda de los restos del más grande escritor de las letras hispanas: Miguel de Cervantes. Durante estas semanas, en un remedo periodístico de ‘El Código da Vinci’, los diarios de todas las tendencias y colores se han dejado llevar y han venido entregando un folletín al más puro estilo Indiana Jones. Una de esas historias de criptas, tumbas y tecnología punta que tanto vende. Para ello se ha movilizado a un equipo de treinta personas, incluido un alpinista, porque si hay que meterse en sitios estrechos no se va a meter el forense [sic]. Probablemente se trate de un record: el equipo más nutrido de la historia de la investigación patrimonial en España. Obras maestras del arte y la cultura quedan en manos de equipos de dos o tres técnicos, a lo sumo, mientras convocamos a tres decenas de profesionales para profanar tumbas. Algo debemos estar haciendo muy mal.

En una época y lugar en que las Humanidades -literatura incluida- están a punto de ser asesinadas en los planes de estudio, las facultades de Filología están vacías porque nadie impulsa las Letras y el Patrimonio Cultural corre hacia el precipicio, de golpe y porrazo encontrar a Cervantes parece una emergencia nacional. A tal punto que se mantienen corresponsales en el entorno de la iglesia para informar del hallazgo, como si el escritor, después de casi cuatrocientos años muerto, no pudiese esperar unas semanas más para saludar a los miles de fans que esperan un autógrafo. Ya se sabe que la literatura barroca lo peta. Como se despiste Don Miguel, lo mandan al Corte Inglés de Preciados a dedicar ejemplares de Rinconete y Cortadillo.

La cosa, al parecer, urge: este año cae el cuarto centenario de la Segunda Parte de El Quijote y el año próximo lo será de la muerte de Cervantes. Y claro, nunca se ha visto tal intensidad cervantina ni tanta pasión de los políticos por la literatura del Siglo de Oro. Porque, no nos engañemos, todo esto es una cuestión exclusivamente política, para desgracia de la cultura en general y de Cervantes en particular. ¿Qué gobernante no querría que su nombre quedase ligado para siempre con el hallazgo de la tumba cervantina? Buscar represaliados del Franquismo o la Segunda República por las cunetas o traerse a los soldados de la División Azul que siguen en la estepa rusa enterrados no tiene el mismo glamour.

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Frontispicio de la primera edición del Quijote (1605)

Situación muy curiosa. Los que ahora gastan dinero público en buscar al genio, y celebran el aniversario de la Segunda Parte en este 2015, no hace tanto tiempo se burlaban de la propuesta de celebrar en 2005 un gran evento cultural por el cuarto centenario de la publicación del Quijote, comparando entonces a Cervantes con los Harlem Globetrotters. Unos quieren encontrar a Lorca y otros al manco de Lepanto. El caso es poder narrar una epopeya de tumbas perdidas, según qué escritor le resulte más afín a cada uno, abusando de la “sana” costumbre de atribuir a los genios del pasado características del presente.

Por desgracia, toda esta campaña forense resulta bastante forzada. Con un poco de malicia, podría decirse que está dedicada a entretener el café matutino a los emocionados jubilados madrileños de clase media y alta, que parecen el principal segmento de población al que podría interesar saber dónde está o no está enterrado Cervantes. Desde luego, el circo mediático artificialmente montado en torno a las Trinitarias Descalzas no tiene mucho que ver con la Literatura no con la Historia. Si acaso, con el fetichismo de las reliquias. O puede que sea un buen entrenamiento para los técnicos de Medicina Legal, en cuyo caso al menos se aprovechará para algo el dineral que está costando toda esta farsa. Que nadie se engañe: lo que quedará de todo esto serán dos semanas de Cervantes en los periódicos y unas prácticas forenses de lujo, con georradar y modelado 3D incluidos, todo ello con cargo al erario. Y quizás una plaquita conmemorativa.

Cervantes (J. Vancell) Madrid 01

Estatua de Cervantes en la BNE

No es la primera vez que se organiza un circo parecido para localizar a un ilustre escritor. En 2007 el ayuntamiento de Villanueva de los Infantes se gastó una cantidad no desvelada en que 11 investigadores de la Escuela de Medicina Legal de la Complutense encontrasen en su municipio el cadáver de Quevedo en una fosa común. Obsérvese que les pagaron para encontrarlo, no para buscarlo. Y por supuesto que lo encontraron, faltaría más. El resultado fue glorioso: como había que localizar a Quevedo aunque no estuviese allí, de los más de 160 cadáveres se eligió uno porque era de un hombre mayor, de unos sesenta años y cojo. Teniendo en cuenta que ni siquiera se podía confirmar que aquella fuese la fosa de Quevedo, porque el presunto cuerpo ya había estado dando tumbos en el XIX, actualmente algunos tienen por reliquia quevediana el cuerpo de un vecino cualquiera de Villanueva, sesentón y cojo. Marca España.

Esta tendencia patria al absurdo cuando se trata de ensalzar nuestra cultura se ve potenciada por el hecho de que la Villa de Madrid sufre una cierta desazón histórica por no poder exhibir tumbas de personalidades globales, como las que hay en Londres, París o Lisboa. Y Lola Flores no cuenta. Este anhelo está muy vivo ya desde el siglo XIX, cuando se maquinó el absurdo proyecto del Panteón de Hombres Ilustres en Atocha, idea que terminó en chapuza. Allí deberían estar enterrados, entre otros muchos, Don Pelayo y el Cid; Garcilaso, Cervantes, Lope y Calderón; Juan de Herrera, Murillo, Velázquez y Goya; el Gran Capitán, Juan de Mariana, Jovellanos, Campomanes y Floridablanca. Todo muy patrio. En la realidad los que están sepultados en ese mal amago de panteón nacional son Cánovas, Sagasta, Dato y Canalejas. Es decir, un puñado de políticos. Pero al menos no se inventaron ningún cuerpo al no poder encontrar el auténtico.

panteon madrid

Panteón de Hombres Ilustres en Atocha

Como si en Madrid no hubiese un patrimonio único en el mundo, y sin entender para nada que lo interesante de la historia de la villa ha sido su extremo dinamismo y su vibrante panorama urbano, parece que algunos entienden que no tener a las grandes glorias hispanas enterradas en localización castiza supone una especie de merma para la capital. Quizás, viendo el constante desplome de visitantes que sufre la ciudad, alguna mente preclara se ha dado cuenta de que los escritores del Siglo de Oro llenan la clase turista de los aviones.

¿Por qué aprovechar la capital española para programar un festival de teatro clásico de referencia mundial cuando, por el mismo dinero, podemos ver si encontramos unos restos santificados del escritor? ¿Qué sentido tiene impulsar el conocimiento de la literatura española si se puede gastar lo mismo para buscar reliquias, aunque sean falsas?

¿A quién le interesa la obra de Cervantes cuando podemos tener sus huesos?

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Cervantes en el Museo de Cera de Madrid

En todo caso, se está vendiendo agua de borrajas: aunque aparezca El Cuerpo, jamás habrá ningún indicio fiable de que sea el de Cervantes. Sólo factores totalmente circunstanciales, al menos hasta que se invente una máquina del tiempo. El ADN no sirve, porque esto no es CSI, esto es la vida real y los Grissom de verdad no se pueden inventar lo que la ciencia no puede darles. Así que han hecho un retrato robot del pobre escritor y han encontrado el abracadabra: el cadáver de Cervantes será aquel que tenga dos tiros en el pecho y seis dientes. Ni cuatro ni nueve. Seis. Porque a los sesudos investigadores no se les ha ocurrido que cuando el escritor se describe a sí mismo en las Novelas Ejemplares como un anciano que “no tiene sino seis [dientes]” puede estar siendo retórico, de igual manera que se hace al decir “mi barba tiene tres pelos” o “me peino los cuatro pelos de la cabeza”. La providencia ha venido en ayuda del equipo forense, que ha localizado un ataúd con las letras M. C., que ellos interpretan, sin duda, como referidas a Miguel de Cervantes. Como si esas iniciales fuesen tan raras.

Pero supongamos que dentro de la caja con las letras M. C. aparece un señor con seis dientes. ¿Qué hacer con ese cuerpo? ¿Se le pone una placa a un cadáver que sabemos a ciencia cierta que no podremos nunca confirmar que sea de Cervantes?

Ya lo hemos hecho con Quevedo… y Cervantes no puede ser menos.

– Procedencia de las imágenes: Wikipedia